Saturday, 28 September 2013

Mirada Perdida

     Cuantas mentiras para una sola verdad habría dicho El Gran Lucio. Todavía recuerdo que cansado de verme de miseria en miseria me llevó a una curandera en Junín. Es como cuando te tiran las cartas Fabito, no tengas miedo. Y no lo tenía, sin embargo hoy veinte años más tarde me pregunto por qué no lo tuve, por qué no actué distinto, por qué no tomé una decisión por mí mismo.
Papá nos quería, Blanca y yo éramos su todo y a pesar de sus firmes negativas a tocar el tema, desde la enfermedad de mamá él cambió. Nunca pudo ocultarlo completamente sobre todo frente a Blanca, que con sus tres años más que yo siempre estuvo atenta al detalle. Una noche, la de su cumpleaños número catorce vino corriendo a nuestra habitación y con un claro Shhh me llevó en puntas de pie hasta la habitación de papá. Éste estaba sentado en la cama, de espaldas a nosotros que lo espiábamos por la abertura de la puerta. Su torso estaba encorbado, parecía transpirar, y mientras que con la mano izquierda sostenía una foto de mamá, con la derecha hacía algo que yo no podía divisar ni entender. Al ver mi desconcierto Blanca me habló al oído Vos no entendés pero eso está muy mal.
Nunca pude llorarla, la tarde en que lo supe me desmayé y al despertar en el hospital me dijeron que habían pasado cuarenta minutos, para mí habían sido meses. Me daba rabia ver a Blanca y a papá llorar sin consuelo cuando yo no. Me juraba en mis adentros que todo mi sufrimiento era mucho más profundo que el de ellos, y lejos de reprocharles, los quería aún más. Blanca dejó de llorar después de unas semanas, papá no. Una tarde mientras desde mi habitación lo escuché sollozar tomé un punzón y lo apreté fuerte contra la palma de mi mano izquierda. La sangre comenzó a brotar y por un instante el dolor fue tanto que creí posible llorar. Volví a desmayarme aunque esa vez desperté en mi cama. 
        Yo era más de mamá, Blanca más de papá y entre ambos grupos, creo yo, se habría formado una sinergía tierna, dulce; habríamos sido felices. Sin embargo, cuando mamá se fue una parte de ella se quedó conmigo y en mi afán de no dejarla ir le regalé mi parte más preciada, esa que dice que sí cuando todo indica que no. Blanca fue la primera en notarlo mientras que papá necesitó más tiempo, y temiendo que para entonces sea demasiado tarde se abalanzó tanto sobre mí que terminó descuidando a Blanca, con quien nos fuimos uniendo poco a poco más y más.
       Ella se casó, tiene dos hijos y aunque sé no es la mujer que de niña soñó así está bien; sonríe de vez en vez. Yo no me casé ni tengo hijos, y a pesar de entender de blancos y negros en mi vida abundan los grises. Hace poco me crucé con León, el hermano de papá, y siendo condescendiente me preguntó cómo estaban las cosas entre nosotros. A Lucio no lo veo hace ya unos seis años le dije, y en un tono triste agregó Nosotros sus hermanos le pusimos El Gran Lucio por ustedes. Vos y Blanca son dos chicos bien. Él hizo todo lo que pudo y estamos muy orgullosos.

4 comments:

  1. Nunca habia sentido lo que con este texto. No se como explicarlo.
    Siempre fuiste uno de mis blogs preferidos.

    ReplyDelete
    Replies
    1. No sé qué decirte, qué difícil todo.
      Gracias por el halago, a veces duele.

      Delete
  2. Quizas si me hubiera tocado leer esto hace algunos años, no hubiera entendido nada...

    Incluso ahora entiendo menos de lo que creo. Pero tengo una leve idea de ese sentimiento.

    Un abrazo.

    ReplyDelete
    Replies
    1. Todos tenemos una Blanca y un Fabito adentro.
      Un abrazo para vos también. Gracias.

      Delete