Thursday, 26 September 2013

Marina Tsvietáieva

De quien se priva la vida sólo quedan sus sueños. 

***
Mi día es desordenado y es absurdo:
al pordiosero le pido para pan,
al rico le ofrezco una limosna,

enhebro en una aguja - un rayo,
al ladrón confío - la llave,
con cascarilla doy color a mi pálido rostro.

El pordiosero no me da pan,
el rico no acepta mi dinero,
el rayo no entra por la aguja.

El ladrón entra sin llave, 
y yo, tonta, me deshago en lágrimas -
por un día vano e inútil. 

27 de julio 1918

***
     ¿Quien siente de más sufre los días vacíos? O, por el contrario, ¿es a raíz de lo improductivo que se presenta ante sí una nueva sensación? La imposibilidad ante lo estable es conocida, muchas veces, como la cuna de lo errado, de lo desatinado y como si por un cuento que nunca debiera escribirse transitáramos esos injustos con sus bolsas de inmoralidades tropiezan una y otra vez con quien la vida ya ha sido demasiado cruel, y si para contar una historia sólo hay que contar atrocidades mejor no contarla. Quizá sea, aunque poco, más acertado esbozar unas cuantas oraciones en forma de pájaro que aún vuela y ya, intentar dejar ser a quien nunca supo serlo.

***
Conmigo no hace falta que hables,
aquí tienes mis labios: sacia su sed.
Aquí tienes mi pelo: acarícialo.
Aquí tienes mis manos: bésalas.
- Pero aún mejor, déjame dormir.
28 de agosto 1918


***
Mi desgracia es que para mí no existe ni una sola cosa exterior, todo es corazón y destino.

No pude más.


Marina Tsvietáieva (Moscú, 1892 – Yelábuga, Tartaristán, 1941) fue una poeta precoz, inclasificable, un espíritu libre que se negó a constreñir su arte a definición alguna. Vivió en Rusia hasta 1922, año en que se exilió, primero en Bohemia y luego en Francia. En 1939 volvió a la Unión Soviética, donde dos años más tarde, condenada al ostracismo, puso fin a su vida.

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