Saturday, 27 August 2011

Comerse El Miedo


        Es despertar bien temprano ya entrada la mañana y saber que se tiene el día entero por delante, libre, sin obligaciones, para uno. Es saber que no se tienen ganas pero también entender que de nada sirve volver a quedar tendido en la cama. Emprender entonces un viaje de dos largas horas hasta el capitolio de la ciudad para hacer algo que bien podría hacerse a tan sólo unos metros de casa. Es ir con una mochila vacía sabiendo que ésta volverá llena. Pasar entonces unas cuantas horas frente a ellos, los que hacen compañía en tiempos simples pero sobre todo también en momentos difíciles. Elegir, descartar, sentir, dejarse llevar. Notar su peso en las propias manos para luego ya dejarlos caer en esa mochila que hasta segundos atrás estaba vacía. Es estar contento, aunque tan sólo un poco. Mirar la hora y abrir los ojos ante el rápido paso del tiempo, y sonreír al saber que es aún temprano, que aún hay tiempo, incluso para todo. Es entonces sentarse en un café, pedir un té y un agua mineral, abrir esa majestuosa bolsa dentro de nuestro morral y tenerlos a todos ellos disponibles y listos para nuestra elección. Tomar éste o aquel y esbozar una sonrisa, porque es recordar tiempos ajenos y distantes en donde uno mismo jugaba a leer un libro en un café y correr la hermosa carrera contra nadie de querer saber y sentir si tal libro lo podrá someter a uno a semejante exaltación dejándolo impelido únicamente a leerlo hasta el mismísimo final de un solo tirón, en un mismo lugar. Es tomar uno del montón con los ojos cerrados, ver su tamaño y ojear nuevamente la hora. Es de forma dulce y definitiva entender otra vez que aún no es tan tarde, comprender que si tales hojas logran seducirnos podremos rendirnos a ellas recorriendo párrafo a párrafo, palabra a palabra todo su entero y largo camino para nuevamente, quizá, al final, volver a sonreír.
        Es detenerse por un momento al finalizar un capítulo para estirar la espalda y dejar caer los hombros, y entonces observar que al tope de la hoja está escrito el número setenta, poner el libro de canto y sorprenderse porque ya uno se ha devorado la mitad del mismo. Es comenzar a sentir el dulce sabor de la bienvenida a un conjunto de singulares sensaciones, que nos gustan, que nos recuerdan que las cosas pueden ser bellas, de que estamos, pese a todo, bien. Es pedir algo para comer porque la tarde de hoy llegó al mundo, a nuestro mundo para quedarse. Es sentir la gente entrar y salir luego de largos ratos, es observar un cuadro en movimiento en donde uno es tan sólo algo más de lo que no se mueve, de lo que simplemente está. Es ver al mundo seguir dando vueltas, que no nos importe, o al menos intentarlo. Es terminar de leer un libro y ver que el sol ya nos ha abandonado, sentir el gusto de horas que sí valieron la pena, de hojas que dejaron algo más que simples palabras. Es decirse a uno mismo no sólo con palabras que se puede estar feliz aunque sea por un momento, incluso en estos tiempos de dolor y de pasión.
        Es sentir como se desvanece el día, y como siempre al final uno vuelve al hogar. Es subir al transporte público y ver los rostros de infelicidad, y quizá sea también entender que no somos tan distintos, que no somos tan especiales. Sentarse y observar el afuera, ver nuevamente el mundo avanzar incluso de forma más rápida. Es volver la mirada al interior del autobus y ver a unos pocos metros una chica de pelo rubio, notarla prudente y de facciones tiernas. Es girar su rostro y verle los ojos, celestes, brillantes vidriosos y que me recuerden a los de ella. Es sonreír. Es interrogarse acerca de qué podría pensar aquella chica si supiera que mi mochila está llena de libros. Es sí saber qué pensaría ella, y nuevamente sonreír. Es escuchar un gran ruido a nuestras espaldas y ver la muchedumbre girar, menos yo, y es verla entera, por unos alargados segundos. Es entender que es realmente hermosa, pero es también comprender que simplemente no es tan bella, no como ella
        Es mirar en dirección a la ventana, abrirla, y sentir el aire frío golpear nuestros rostros. Es extrañar en nuestro interior esa refrescante sensación que se siente en el exterior. Es saber que cuando alguien nos deja llegar tan arriba, también nos puede llevar tan abajo. Y es claramente, y hasta de forma temeraria, preguntarse si vale la pena correr el riesgo. Es cerrar los ojos, bajar el rostro y respirar hondamente. Es pensar y sentir, sentir y pensar. Es respondernos, y suspirar. Es volver a refrescarse en el aire fresco aún con los ojos cerrados y es sentir las lágrimas caer lentamente de nuestros ojos. Es comerse el miedo. Y es que la persona a tu lado pregunte si estás bien, es responderle: “Son lágrimas de amor, son lágrimas de felicidad... Gracias”


3 comments:

  1. Que hermoso lo que escribiste.
    Por momentos sentía ansiedad de ver en que forma terminaba un texto que, al principio, me daba mucho en que pensar y sacar un sin fín de conclusiones.
    Me gustó mucho la forma en que describis la lectura de un libro, el significado de hacerlo, todo lo que provoca y lo maravilloso que se siente.
    Después imaginé toda la escena, en el trasnporte público, observando a la gente, sintiendo que "no somos especiales, ni diferentes", y consumirme por dentro, al saber en que medida me identifica la frase.
    Y luego el final, lo sentí por completo.
    Tan real, como que tantas veces me ha pasado, llenar mis ojos de lágrimas en situaciones como esas.

    Me encantó.

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  2. Parece que volviste con todo! y eso me encanta... Desde la descripción de sensaciones que genera la lectura, el encuentro con "tus amigos"... Hasta los ultimos dos parrafos que debo decir me encantaron... Siento ese aire darme en la cara, lo busco siempre, lo necesito... Pensar, sentir, sentir pensar... preguntarse si vale la pena correr el riesgo, respondernos y suspirar (siempre me respondo que vale la pena) Viaje en ese ultimo tramo, no se si alguien me vió, o era una mas de la muchedumbre, pero estaba ahi. Me encantó! Besos!

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  3. muy hermosa tu entrada n.n me gusto cmo empezaste tu relato con los libros, para después evocarla a ella en otro rostro, otros gestos...es bueno saber que vale la pena volver a casa..que hay alguien especial :) saludos daniel! segui escribiendo de esa manera n.n

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